
Yayoi Kusama, la artista japonesa que convirtió los lunares y el infinito en un lenguaje visual reconocible en todo el mundo, murió a los 97 años. Su legado abarca más de siete décadas dedicadas a explorar, sin descanso, los límites entre el arte y su propia mente.

Kusama nació el 22 de marzo de 1929 en Matsumoto, Japón. Desde niña comenzó a experimentar alucinaciones que a menudo tomaban la forma de campos de puntos extendiéndose sin fin. En lugar de esconder esa experiencia, la convirtió en el núcleo de toda su obra: los lunares, la repetición obsesiva y el concepto del infinito se volvieron su firma, presentés en pinturas, esculturas, instalaciones, performance, moda e incluso literatura.
En 1957, Kusama se mudó a Estados Unidos y se instaló en Nueva York, donde se convirtió en una figura central de la vanguardia junto a artistas como Andy Warhol y Donald Judd. Durante los años 60 organizó “happenings” cargados de desnudez y protesta contra la guerra de Vietnam, entre ellos una carta abierta al presidente Richard Nixon en la que le ofreció tener relaciones sexuales con ella a cambio de terminar el conflicto. Esos gestos revelaban algo que acompañó toda su carrera: un arte lleno de color y alegría, pero sin miedo a tocar temas como la igualdad de género y los derechos LGBTQ+.

En 1977, tras regresar a Japón, Kusama tomó una decisión poco convencional: ingresar por voluntad propia al hospital psiquiátrico Seiwa, en Tokio, para poder dedicarse por completo a crear sin las distracciones del mundo exterior. Desde entonces vivió ahí, saliendo únicamente para trabajar cada día en su estudio cercano o asistir a eventos puntuales relacionados con su obra. Lejos de detener su carrera, esa etapa coincidió con algunos de sus proyectos más ambiciosos.
Sus instalaciones conocidas como “Infinity Rooms” —espacios cubiertos de espejos, luces y sus características calabazas con lunares— se convirtieron en una de las experiencias artísticas más fotografiadas y compartidas del planeta, llevando su trabajo a museos como el Whitney, el Reina Sofía, el Pompidou y el Guggenheim de Bilbao. En 2006 recibió el premio Praemium Imperiale de la Japan Art Association, uno de los reconocimientos más importantes del arte contemporáneo.

Kusama transformó una experiencia interna, dolorosa y compleja, en algo que millones de personas pudieron caminar, tocar y sentir de forma directa. Su obra sigue exhibiéndose en todo el mundo, y su forma de entender el arte como una manera de sobrevivir seguirá inspirando generaciones de artistas mucho después de su partida.






