Tecate Comuna 2025: Música, caos y momentos épicos

Fátima DávalosEditorialMusica2 months ago144 Views

22 de noviembre de 2025.
El sol no pegaba, dictaba sentencia sobre nosotros.

Cuando llegamos, como a eso de las 11:30 H, no había ni música todavía, pero ya había un montón de gente afuera. Todos comiendo algo rápido antes de entrar, platicando, buscando cómo matar el tiempo mientras daban las 12:00 H. Unos compraban merch, otros ya andaban con bebidas de todo tipo para “calentar motores”, y el ambiente era ese clásico de “ya quiero entrar, pero no abren”.

Y en cuanto abrieron puertas, la gente corrió y el caos divertido… empezó.

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Apenas cruzamos la entrada del Foro Cholula y ya había bastante gente que parecía que el festival llevaba horas. El espacio, era chiquito, pero respiraba como si también tuviera nervios. Los escenarios se hablaban entre sí, murmurando melodías cruzadas, como vecinos conversadores.

Es así como Disco Bahía abrió el día con un indie/disco/pop que no se oía: gateaba por la piel, como si buscara quedarse a vivir ahí. Desde la primera canción entendí que este festival no iba a esperar a la noche para prenderse. Después pasó Alan Sutton, luego Rubytates, y la luz seguía cayendo dura, afilada, obligándonos a movernos de sombra en sombra. Mientras que Silvestre y La Naranja levantaron el ánimo con esa vibra tropical pulidita que sirvió como gasolina emocional.

Alan Sutton

Más tarde, con Midnight Generation, el calor dejó de pesar: los synths brillosos y las guitarras ochenteras hicieron que el público dejara de caminar y empezara a flotar. Al mismo tiempo, en el escenario de a lado llegó Meme del Real, en su faceta solista que se siente como verlo por dentro: elegante, íntimo, pero jamás pequeño. Cuando unió sus canciones con temas de Café Tacvba, el Foro se encogió y estiró con él, como si también fuera parte del instrumento.

Kevin Kaarl trajo una calma que no descansa: una ola suave empujando desde adentro del pecho. Solo para darnos cuenta de que, Julieta Venegas, llenó tanto que parecía que la gente se multiplicaba. Sin duda, ella no necesita un show gigantesco: su voz y sus hits cargan con todo; se siente tan fiel al estudio que da un vértigo hermoso. Demostrando que es atemporal.

Al presenciar el acto de Siddhartha siguió con esa presencia única: él solo, pero enorme. Esa calma que tiene es peligrosa: llega al corazón para agitar la faceta romántica sin pedir permiso. Asimismo con Zoé.

Las guitarras y las letras envolventes empezaron a desenterrar sentimientos. Y es que para mí, Zoé siempre ha sido —y será— esa banda nostalgia: la que suena a personas que quiero, a momentos que ya no están, pero que se quedan resonando como un eco amable.

Rolas como “Memo Rex“, “Vía Láctea“, “Vinyl“, “No Me Destruyas“… cayeron como lluvia tibia, justo cuando el calor por fin empezaba a despedirse. Mientras tanto, el público —sus fans más fieles— sostenía a Zoé como si fuera un amuleto personal, un pequeño recordatorio de toda la gente con la que alguna vez nos conectamos gracias a una canción.

Sin embargo, en contraste con esa vibra atmosférica y casi íntima, en cuanto terminó su último acorde llegó el golpe eléctrico: Mago de Oz explotó en puro teatro metalero, caos hermoso y energía sin filtro. Y de ahí, casi sin darnos tiempo de respirar, Panteón Rococó tomó la estafeta. Aunque no están en mis playlists del diario… siempre prenden; esa banda podría levantar muertos si quisiera.

Después vino La Maldita Vecindad, y la emoción noventera se convirtió en un corazón colectivo latiendo afuera del cuerpo. Son eternos, y lo saben. Roco mueve a miles sin siquiera despeinarse. Mientras que su contraparte, Foster The People llegó suave. Estuvieron correctos, agradables, una banda ya clásica que se siente como una sombra fresca después del calor.

Hasta que llegó Molotov

Y ahí sí, todo se conjuntó.

El setlist cayó como martillazos: Here We Kum”, “Frijolero”, “Gimme Tha Power”, “Perro Negro Granjero”, “Dance and Dense Denso”, y los dos “Marcianos de Misfits” en versiones distintas que hicieron que el piso temblara por convicción, no por sonido. Entre guitarras, juegos de palabras y mucha actitud, Molotov está vivo, filoso, feroz.

Cuando cayó la noche, el frío no llegó: se filtró. Un viento durísimo que cruzaba el Foro Cholula como si también buscara escenario. A ratos ya no sabía si estaba en un concierto o dentro de un pulso ajeno. Todo vibraba, todo empujaba, todo parecía decir que, por unas horas, el tiempo había bajado la guardia.

Después de Molotov, cada quien tomó su propio camino: unos corrieron a Rich Mafia, otros a dejarse llevar por Los Wookies, y otros se fueron directo al caos irreverente de Las Víctimas del Dr. Cerebro. Tres mundos distintos, una misma noche rara: tranquila, pero encendida; caótica, pero en paz. Un festival que no pretendía ser histórico… pero quizá lo fue para algunos asistentes.

Salí del Foro Cholula con piernas temblorosas, nariz congestionada, la voz raspada y los recuerdos afilados por el viento. Y pensé lo mismo, en un momento post-festival:

A veces no importa entender qué pasó.
Importa cómo te dejó el cuerpo.

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