
Desde este lado del internet, el concierto gratuito de Shakira en el Zócalo de la Ciudad de México no fue solo un evento masivo: fue un momento histórico que convirtió la plaza pública más importante del país en un coro colectivo.
Con una asistencia récord y una producción de gran formato, la cantante colombiana reafirmó su conexión con el público mexicano en una noche que mezcló nostalgia, celebración y potencia escénica.

Todo empezó (al menos para mí) con el metro jugando en contra. He de admitir que llegué más tarde de lo previsto al Zócalo capitalino y desde varias calles antes ya se notaba que no era un día cualquiera.
Entre la espera, la gente seguía llegando y yo veía ya mil coronas doradas bien puestas, pelucas moradas peinadas (otras muy despeinadas), paraguas abiertos para sobrevivir a un sol desafiante. Y nada… ni el calor ni el retraso, iba a frenar el objetivo colectivo, ver a Shakira gratis en CDMX.
A mi llegada (nada caótica) hallé lobas, lobos, familias completas y hasta la imitadora oficial que regaló fotos y videos antes de abrirse paso estratégicamente hacia un mejor lugar. El ambiente era festivo con una energía acumulándose.
En general el público ya hacía su propio show: desconocidos compartiendo agua y sombra, amigas ensayando el aullido de “las lobas”; vinieron familias enteras desde otros estados. La espera no pesaba y más bien se disfrutaba aun en la larga espera.
Mi estancia en la plancha terminó cuando decidí subir a las alturas. Desde ahí, la postal era contundente pues vi el Zócalo llenándose poco a poco de colores y de pequeñas siluetas que juntas formaban una marea humana. Y mientras el espacio se saturaba, mi emoción también comenzaba a crecer.
El tiempo pasó lento. Arriba, donde el azar me colocó, comenzaba a sentirse el frío mientars que abajo, el calor debía ser intenso, de ese que se genera por pura adrenalina. Siete… ocho… y nada. Pensamos que quizá iniciaría hasta las nueve, pero a las 8:30 en punto, todo cambió.
Luces apagadas, murmullo colectivo. La música irrumpió y los reflectores se encendieron para enfocar a la artista de la noche. Ahí estaba: Shakira, la loba mayor, dominando un escenario monumental.

La magnitud del espectáculo impresionaba: pantallas gigantes, luces sincronizadas con cada vibrar. Cada movimiento suyo desataba gritos; cada nota era replicada por miles de voces. “Las de la Intuición”, “Día de Enero”, “Antología”, el track que da nombre a la gira… y muchos otros himnos formaron un setlist que funcionó como un bucle de nostalgia, pero no melancólica sino de esa que conecta generaciones.
Y todo esto en el marco de la celebración de los 100 años de Corona. Un siglo de una cerveza que, guste o no, ha estado en más de una historia personal; en conciertos, en despedidas, en reencuentros… esa noche sumó otra más a su archivo emocional.
Al final, cuando las luces se apagaron y la multitud comenzó a dispersarse como marea que regresa en el eco de lo que quedó, y lo que quedó es esa sensación satisfactoria. Haber sido parte de algo grande sin pagar un boleto, sin filtros, sin pantallas de por medio (más que las de alrededor) solo nosotros, la gente en la plaza más emblemática del país y una artista que entiende que sus canciones ya no le pertenecen del todo.
Se las devolvimos a coro.

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