
Durante años, el Vans Warped Tour fue algo que sucedía lejos de México. Existía en videos de YouTube, fotografías, playeras, blogs y en las historias de quienes lo habían vivido en Estados Unidos. Para muchos, era una experiencia que parecía pertenecerle a otra generación o, exageradamente, a otra vida.
Por eso, el momento en que realmente entendí que estaba ahí no fue cuando empezó una banda, sino cuando vi la enorme pizarra de horarios, el amarillo del festival, la cantidad de bandas y ese logo que durante tanto tiempo había conocido únicamente por internet.
En 2017, cuando todavía estaba en plena adolescencia, el Warped Tour parecía finalmente acercarse a México. El cartel reunía nombres como Good Charlotte, Never Shout Never, Alesana, Echosmith y Attila, junto a artistas mexicanos como Joliette, Insite, Say Ocean, Sputnik y Elli Noise. Pero aquella edición nunca sucedió.
Casi una década después, el 12 y 13 de septiembre de 2026, el Vans Warped Tour finalmente abrió sus puertas en el Autódromo Hermanos Rodríguez. La adolescente que vio aquel sueño cancelarse ahora estaba viviéndolo, junto a toda una generación que también había crecido esperando su momento.
El Warped Tour nació en 1995, en Estados Unidos, como un festival itinerante que mezclaba música, skate y cultura juvenil. Con los años, su cartel reunió punk, hardcore, ska, pop-punk, metal, emo y distintas escenas que encontraron ahí un punto de encuentro.
Lo que alguna vez fue una forma de pertenecer también se convirtió en una forma de recordar. Para quienes crecimos con esas bandas y estéticas, dejaron de ser solamente parte de una adolescencia y se volvieron parte de la memoria..

La nostalgia dosmilera tampoco apareció de la nada. Después de la pandemia regresaron las estéticas Y2K, lo edgy, el nu metal, el pop-punk, lo emo, los pantalones anchos y hasta los tenis que alguna vez usamos para salir o patinar —aunque hoy no parezcan precisamente diseñados para aguantar 12 horas de festival—. Y el Warped Tour volvió a ocupar un espacio en esa conversación.
Su llegada a México fue, entonces, un punto de encuentro entre quienes recuerdan aquella cultura, quienes la vivieron durante su adolescencia y quienes apenas están descubriéndola.
Quizá por eso el cartel tenía sentido incluso en su exceso. The Aquabats!, Jimmy Eat World, Taking Back Sunday, New Found Glory, The Starting Line, The Ataris, Less Than Jake, Goldfinger, Pennywise, Mayday Parade, Of Mice & Men, The Devil Wears Prada, Saosin, Story of the Year, Yellowcard y Escape the Fate convivieron con bandas mexicanas y latinoamericanas como Allison, División Minúscula, Insite, Thermo, 2 Minutos, Say Ocean, Tungas, Don Tetto, BLNKO, Here Comes the Kraken y San Venus.










También hubo espacio para otra de las raíces del festival: el skate, con una exhibición que reunió a Steve Caballero, Bucky Lasek, Lizzie Armanto, Andy Macdonald y Coco Zurita. Música y skate volvieron a compartir el mismo espacio, como en los orígenes del Warped.







Incluso las generaciones se mezclaron: los que habían vivido el Warped original; los que lo conocimos únicamente por internet; los que crecieron con aquellas bandas y los que hoy están descubriendo a esas mismas bandas a través de otras nuevas.
Había música por todos lados. Escenarios que obligaban a correr de un extremo al otro. Gente buscando a sus bandas favoritas, filas, merch, stickers, regalos. Personas intercambiando cosas mientras esperaban un show. Personas con outfits que parecían sacados de una fotografía de 2007 y otras que llevaban su propia interpretación de esa estética.
El clima cambió, el suelo se volvió lodo y el cansancio se acumuló, pero poco importaba. Hubo mosh pits, saltos, gritos, canciones cantadas a todo pulmón y desconocidos cuidándose entre sí para poder volver al círculo.






Para quienes tenemos más de 25, volver a ver esos estilos puede sentirse como regresar a una adolescencia que ya no existe: una época en la que una playera, un disco, unos tenis o una canción podían decir muchísimo sobre quién eras.
Pero para alguien más joven quizá no existe nostalgia, sino la posibilidad de descubrirlo por primera vez: probar una estética, encontrar una banda, gritar una canción con amigos o encontrar un espacio donde no tengas que explicar por qué te gusta lo que te gusta.
Precisamente ahí está una de las cosas más interesantes de que el Warped Tour haya llegado a México ahora. No vino a reconstruir exactamente lo que alguna vez fue, sino a construir algo nuevo con todo lo que quedó de aquella época.
Eso es lo que hace que el Warped siga teniendo sentido: no importa si llegaste por nostalgia o por curiosidad. En algún momento, entre el ruido de los escenarios, la gente saltando y una canción que todos parecían conocer, dejaste de mirar hacia el pasado. Estabas ahí.
Durante años, el Warped Tour fue algo que conocimos a través de una pantalla. Esta vez no había que verlo en YouTube ni imaginar cómo se sentía estar ahí.







